‘Maspalomas‘, de Aitor Arregi y José Mari Goenaga, parte de una premisa sólida, honesta y profundamente humana. Su mayor virtud reside en la historia que decide contar: la de un hombre que ha pasado gran parte de su vida negándose a sí mismo, marcado por una época abiertamente represiva hacia la homosexualidad, y que alcanza la vejez cargando con silencios, miedos y renuncias. En este sentido, la película conecta con una experiencia real, reconocible y emocionalmente cercana, que trasciende lo individual para convertirse en un retrato generacional.
Historia humana pero con algunas debilidades

El protagonista, Vicente (José Ramón Soroiz), es un personaje construido desde la contención. Su historia se articula a partir del ictus que sufre, un detonante narrativo bien planteado tanto a nivel dramático como estructural. Este acontecimiento abre fisuras en una vida aparentemente cerrada y ordenada, permitiendo que emerjan preguntas sobre la identidad, el deseo y las decisiones postergadas durante décadas.
Sin embargo, es precisamente aquí donde la película empieza a mostrar algunas debilidades. La recuperación del ictus resulta excesivamente rápida y simplificada, obviando en gran medida las secuelas físicas y emocionales que una experiencia de este calibre suele conllevar. Esta decisión narrativa resta verosimilitud al conjunto y, sobre todo, provoca que se desaprovechen líneas argumentales que podrían haber enriquecido notablemente el relato: la relación con su hija y su nieto —a quien apenas conocía— o el proceso de reapropiación de su identidad dentro de la residencia, ahora desde la elección personal y no desde la imposición. Un matiz especialmente potente si se tiene en cuenta que toda la vida de Vicente ha estado marcada por la obligación o la necesidad de esconderse.
La dualidad del protagonista

Otro de los aspectos más discutibles es la ambientación inicial en Maspalomas. Aunque puede entenderse como un símbolo de libertad tardía y ruptura con una vida de represión, la película corre el riesgo de encasillar a los hombres homosexuales dentro de un imaginario demasiado ligado a la fiesta, el exceso y cierta ninfomanía. La dualidad entre el hombre reprimido y el hombre supuestamente liberado no termina de resolverse de manera del todo coherente, dejando la sensación de que el discurso podría haber sido más matizado y profundo.
Este conflicto se da especialmente durante su estancia en la residencia. Vicente logra estrechar la relación con su hija y su nieto, construyendo un vínculo que parecía definitivamente roto. Sin embargo, cuando regresa a Maspalomas, vuelve a instaurar la distancia emocional que había marcado su vida antes del ictus, lo que rompe esa evolución identitaria desde una perspectiva más realista. El final puede leerse, por tanto, de dos maneras: como un acto de libertad consciente o como una nueva huida, una repetición del patrón de abandono y silencio que tanto daño le causó en el pasado.
En el apartado interpretativo, ‘Maspalomas’ destaca con claridad. El reparto funciona con naturalidad y sobriedad, sin grandes alardes, pero con una verdad emocional muy bien sostenida. Mención especial merece Xanti, el compañero de habitación de Vicente, interpretado por Kandido Uranga. Su personaje aporta humanidad, humor y emoción, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos del film y en un contrapunto esencial para el viaje emocional del protagonista.
Propuesta visual poco arriesgada

A nivel visual, la propuesta es correcta pero poco arriesgada. La puesta en escena cumple, aunque no resulta especialmente memorable. Da la sensación de que se podrían haber explorado con mayor intención los espacios, los silencios y los contrastes emocionales de Vicente, especialmente en escenarios tan simbólicos como la propia residencia o Maspalomas, que ofrecen un potencial visual y narrativo que no termina de explotarse del todo.
En definitiva, es una película honesta, sensible y necesaria, que acierta al poner el foco en una herida generacional todavía abierta, pero que se queda a medio camino en su desarrollo. Su fuerza está en lo que cuenta y en cómo interpela al espectador; sus debilidades, en lo que decide no profundizar. Un drama íntimo y contenido que deja poso, aunque también la sensación de que podría haber llegado mucho más lejos.
